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A favor del Jefe Previsible

Isabel Bajo Albarracín |  16  de mayo de 2017

De todas las definiciones que sobre la palabra “líder” he leído quizás la que más me gusta es aquella que define al líder como “Alguien que consigue que la gente haga lo que tiene que hacer, queriendo hacerlo”. Pero la realidad en una empresa es que no siempre todo el mundo “quiere hacerlo”. Unos por desacuerdo con la estrategia de la compañía, otros porque tienen un jefe con quien no se llevan especialmente bien, o por falta de capacidad, o porque lo que se pide les saca de su zona de confort. Las razones pueden ser varias, pero lo cierto es que la realidad no es siempre perfecta.

Precisamente por todo lo anterior, entre otras muchas razones, siempre he defendido a los Jefes Previsibles. Los líderes de empresa o equipos deberían estar obligados a definir de antemano unas normas básicas, unos estándares básicos, y sus expectativas a todos sus empleados y colaboradores. La gente tiene derecho a conocer las normas por las que se rige el tablero. Eso exigirá al jefe ser el primero en cumplirlas y actuar con coherencia. Si explicas lo que quieres y cómo lo quieres, si no cambias constantemente tu forma de valorar las cosas y a las personas, si explicitas lo que esperas de forma constante, entonces puede que no a todo el mundo le caigas bien, pero seguro que todo el mundo sabrá a qué atenerse.

Rara vez las “sorpresas” son algo positivo en el entorno laboral. Las personas necesitamos sentir un mínimo de seguridad y saber cuáles son las cosas por las que tu jefe o jefa te premiará y cuáles son aquellas por las que serás penalizado. No es algo que coarte tu libertad, todo lo contrario, te da la libertad para obrar como prefieras, pero conociendo las consecuencias. Te permite tomar tus decisiones sabiendo a qué atenerte.

El Jefe o la Jefa Previsible manda mensajes claros, gusten o no, y eso ayuda a que su equipo sepa qué es lo que hay que hacer, cómo hay que hacerlo, y luego ya, libremente, decida si quiere o no ajustarse a lo que se espera de ellos. En general la gente lo agradece. Nada enloquece más a un equipo que un jefe que cambia de opinión constantemente, que hoy opina y defiende una cosa y mañana la contraria. Tampoco recomendaría ser el típico jefe “tormenta de ideas constante”. Para empezar porque una “tormenta de ideas” no deja de ser una tormenta. Y, en segundo lugar, porque bajo muchas supuestas “tormentas de ideas” no hay sino el pronunciamiento de un montón de tonterías poco pensadas, nada evaluadas, y con poco sentido. Si no tienes una verdadera idea no molestes.

Una empresa debe de ser coherente, hacia fuera y hacia dentro, con sus clientes y proveedores, y por supuesto con sus empleados. Y la coherencia implica previsibilidad. A las marcas les pasa lo mismo, deben de ser coherentes si quieren ser creíbles. Es bueno saber qué puedes esperar de tu empresa, de tu marca, de tu jefe. Y si no te gusta quizás haya llegado el momento de intentar cambiar de empresa, de marca o de jefe.

Ya sé que este mundo tan “guay” en el que teóricamente vivimos palabras como “previsible” pueden resultar sinónimo de aburrido, de poco creativo, pero no lo son. Previsible quiere decir coherente, creíble, consciente, intelectualmente estable, con criterio, lo cual no implica que no se sea innovador o creativo. Pero lo que no se puede, o no se debe, es ser “innovador” a ratos, “creativo” a ratos, “coleguita” a ratos, porque o se es, o no es. O se valora la innovación o no se valora, y si se valora ha de comportarse uno en consecuencia las 24 horas del día.

Las personas de tu equipo merecen un respeto, y ese respeto incluye que no les desorientes, que no les hagas un lío, que no les vuelvas locos, que no necesiten estar demasiado pendientes de tu estado de ánimo, el último libro que has leído, o de qué te han contado en la última reunión. Ser previsible contribuye a tu credibilidad. Ser previsible pasa por emitir mensajes claros y repetirlos, porque los mensajes solo calan cuando se han escuchado unas cuantas veces, muchas veces, y cuando no es necesario hacer un gran esfuerzo para decodificarlos.

El liderazgo exige seriedad, coherencia, criterio, saber qué se quiere o cómo se ha de trabajar para poder conseguirlo. Y, por supuesto, se puede cambiar de opinión, solo los tontos no cambian nunca de opinión, pero cuando eso sucede hay que explicitar ese cambio. El liderazgo es exigente, pero no importa, porque nadie está obligado a ser un líder.

 

Isabel Bajo Albarracín

Directora General Publicaciones Alimarket

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